LA FE

LA FE:

La Biblia enseña que la FE es algo maravilloso, la dinamita más poderosa que posee la humanidad, que es el fundamento de nuestra vida religiosa, y que hay fe verdadera y fe falsa; fe del diablo, sin obras, que en vez de salvar, será testigo de nuestra condenación.

Algo maravilloso:

La fe es algo maravilloso, de poder enorme, con ella se puede "todo". Con una cantidad como un grano de mostaza se pueden mover montañas… no levantar carros o edificios, sino ¡montañas! Y el grano de mostaza es pequeñito, como el polvo de talco, en un grano de arroz caben más de mil granos de mostaza.

Así lo dice la Biblia: En verdad os digo que si tuviereis fe como un grano de mostaza diriais a ese monte: "Vete de aquí allá" y se iría, y nada os sería imposible (Mateo 27-20).

Es impresionante. "Nada os será imposible". Podreis sanar cánceres, y clamar tempestades, y multiplicar los panes, y andar sobre las aguas, y resucitar muertos.

Así lo explica luego Jesús: En verdad, en verdad os digo que el que cree en mí, ese hará también las obras que yo hago, y las hará mayores que estas, porque yo voy al Padre, y todo cuanto pidais en mi nombre, eso haré (Juan 14:12-13). Realmente impresionante y maravillosa… y el problema es que debe ser escasa hoy día, porque yo hace tiempo que leo en el periódico muertos que resucitaron, y Jesús dijo con fe haremos obras más grandes que las que él hizo. ¡Y esto tan maravilloso, tan poderoso, es para ti, seas quien seas!

La FE es el Fundamento de nuestra Vida Religiosa:

El que cree en el Hijo tiene la vida eterna; el que rehusa creer en el Hijo no verá la vida, sino que está sobre él la cólera de Dios (Juan 3:36).

El que cree en Jesús tiene la vida eterna: no la "tendrá", sino que la "tiene", ya aquí en la tierra, ahora, la felicidad completa, maravillosa, con el gozo y el poder que sólo Jesús pueden dar. Esta cita es impresionante, porque el que no cree en Jesús, no sólo no tendrá la vida, sino que "tiene sobre él la cólera de Dios", y la tiene ahora, en esta vida, "está sobre él la cólera de Dios".

Así es que esto de la fe no es un lujo o algo que si quiero lo cojo y si no lo dejo… es algo esencial, de ella depende nada menos que tu felicidad, toda, aquí en la tierra y allá en el cielo. Sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). El justo vive de la fe (Romanos 1:17). El hombre es justificado por la fe (Romanos 3:28).

Fe verdadera y fe falsa:

Con la fe pasa como con los diamantes, que los hay genuinos y los haya falsos… ¡Y hay muchos falsos, imitaciones!

Yo, como médico, lo entiendo muy bien a mi modo. Si alguien va a mi oficina y cree en mi, se toma la receta que le mando. Si no toma la receta que le prescribo, es que no cree en mí, aunque diga con la boca que cree en mí, aunque diga a gritos que soy el mejor médico del mundo. Si no toma la receta que le ordeno, no cree en mí, se está engañando a sí mismo cuando grita que cree en mí.

Lo mismo pasa con la fe en Cristo: Si creo en Jesús, hago lo que él me manda; si no lo hago es que realmente no creo en él, auque lo grite a voces, me estoy engañando a mí mismo.

La fe en Jesús es la que justifica, la que salva, la que da todo ese poder grandioso del que hablábamos antes. Pero la única prueba de que tengo fe, son las obras que hago con esa fe. El cristiano que dice que tiene fe, y luego odia al vecino se está engañando, no tiene fe, o tiene la fe del diablo, como nos explica Santiago: La fe, si no tiene obras, es de suyo muerta… muéstrame sin las obras tu fe, que yo por mis obras te mostraré la fe. ¿Tú crees que Dios es uno? Haces bien. Mas los diablos creen y tiemblan. ¿Quieres saber, hombre vano, que es estéril la fe sin obras? Abraham, nuestro padre, fue justificado por las obras cuando ofreció sobre el altar a Isaac, su hijo. ¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras, y que por las obras se hizo perfecta su fe? Ved, pues, cómo por las obras y no por la fe solamente se justifica el hombre. (Santiago 2:17-25).

Algunos hermanos se arman un lío cuando luego leen que San Pablo nos dice que la fe es la que justifica, y no las obras (Romanos 3:28. Gálatas 2:16). Y es que están confundidos. Yo, con ninguna obra que haga puedo borrar cualquier pecado, todas las obras de todos los hombres y mujeres juntos no pueden borrar un solo pecado… Los pecados son sólo perdonados por los méritos de la sangre de Cristo; somos justificados, declarados justos, sólo con la fe en Jesús, gratuitamente, por lo que Jesús hizo por nosotros. Seré justificado si tengo fe en Jesús. Pero si tengo fe en Jesús, se muestra con obras: si no doy de comer al ambriento, no tengo fe en Jesús, aunque lo grite a voces, no tengo la fe que salva.

La fe, y la Biblia, y mis manos, y el poder de hacer milagros son dones, carismas, talentos que Dios me da gratis. Yo no me salvaré porque Dios me dio mis manos, o mi Biblia, o mi fe, sino por lo que hice con mis manos, con mis conocimientos de la Biblia y con mi fe puesta al servicio de Dios en los hermanos.

Por eso, en el Juicio Final, la razón por la que el Rey me mandará al cielo o la infierno, no será porque tuve manos, o fe, o Bibila, sino por lo que hice con esos dones, porque Cristo tuvo hambre, y yo le di de comer, porque tuvo sed, y yo le di de beber, porque estuvo enfermo y yo lo atendí, porque no tenía apartamento y yo lo alojé. ¡Porque puse mi verdadera fe a trabajar, haciendo buenas obras! Lea usted la descripción del

Juicio Final en Mateo 25, que por cierto, es uno de los pasajes más bellos de la Biblia. ¡Y más orientadores!. Léalo también en Romanos 2:5-11, Apocalipsis 20:11-15, 22:12, 2 Corintios 5:10, Juan 5:28-29. Amor   Salvación: Justificación, Regeneracion, Santificación, Fe, Obras

San Pablo y Jesucristo van todavía más lejos que Santiago. Nos dicen que se puede tener una fe que hace milagros, y mueve montañas, y expulsa demonios, pero que si no va acompañada de la caridad, de obras de amor, no vale nada, va a ser testigo de mi condenación, no de mi salvación.

Así lo explican San Pablo y Jesús: Si teniendo el don de profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia, y tanta fe que traslade los montes, no tengo caridad, no soy nada (I Cor. 13:2). No todo el que dice "Señor, Señor" entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: "¡Señor, Señor! ¿No profetizamos en tu nombre, y en nombre tuyo expulsamos los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Yo entonces les diré: "Nunca os conocí. Apartaos de mí, obradores de la iniquidad." Aquél, pues, que escucha mis palabras y las pone por obra, será como el varón prudente, que edifica su casa sobre roca (Mateo 6:21-25).

Esto será impresionante. Habrá "muchos" con fe, que hasta hagan milagros en nombre de Jesús, y que se condenarán… con fe que muevan montañas, y arrojen demonios, y profeticen, y que no les valdrá para nada, que se condenarán, muchos falsos apóstoles y falsos profetas que organizan falsa iglesias de Cristo, impostores que no oyen a la única Iglesia de Cristo, y que con ello no oyen a Cristo, aunque lean la Biblia todo el día.

Y no sólo no lo oyen sino que lo rechazan, porque quien rechaza a la única Iglesia de Jesús, rechaza a Jesús, como nos dice el mismo Cristo: El que a vosotros oye, amí me oye, y el que a vosotros rechaza, a mí me rechaza (Lucas 10:18).

LA FE VERDADERA:

La fe verdadera implica varias cosas, aparte de lo ya mencionado:

    La primera, nos la expone San Pablo en Romanos 10:9: Si confesares con tu boca al Señor Jesús y creyeres en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. "Con el corazón y con la boca" implica las dos cosas: Decirlo y vivirlo. Decir que Jesús es el Señor, y vivirlo, que sea realmente mi Señor, que toda mi vida sea como la de la Virgen: Todo para el Niño, con el Niño, por el Niño, en el Niño.

Todo para Jesús que es mi Señor, por Jesús, en Jesús, con Jesús. La Virgen tenía a Jesus a su lado y le era fácil… pues tú y yo también tenemos a Jesús constantemente a nuestro lado, porque todo lo que le hagamos al vecino se lo estamos haciendo a Jesús en persona, como nos cuenta la descripción del Juicio Final en Mateo 25.

Cuando el ama de casa hace la comida, se la está haciendo a Jesús; el abogado está atendiendo a Cristo, cuando atiende a un cliente; el anciano se encuentra con Jesús, cuando se encuentra con un niño, o un alcoólico, con un rico o con un pobre.

    La segunda, nos la explica en más detalle Jesús cuando le contestó a aquel joven lo que le faltaba para tener la vida eterna, la felicidad perpetua, en Marcos 10:21: Vete, vende todo cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme. ¡Cinco verbos de acción: Vete, vende, dalo, ven, sígueme… quédate con nada, dale todo a Jesús a través de tu hermano, tu tiempo, tu dinero, tu comprensión… y sigue a Jesús, sin ningún seguro, fiado sólo en su promesa y su poder, como un "hippy", a la buena ventura, tener el valor de ser cristiano, de vivir la maravillosa aventura de confiarse cada día en Jesús, de la que luego hablaremos.

Así lo entendieron Pedro y Andrés cuando el Señor los invitó y ellos dejaron al instante las redes y lo siguieron (Mateo 4:20). Dejaron su negocito, su pueblo, su familia, "todo", y al instante lo siguieron. Por eso cuando Jesús le estaba hablando al joven de Marcos 10, Pedro comenzó a decirle a Jesús: Pues nosotros hemos dejado todas la cosas y te hemos seguido. Respondió Jesús: En verdad os digo que no hay nadie que, habiendo dejado casa, o hermanos, o padre, o madre, o hijos, o campos, por amor de mí y del Evangelio, no reciba el ciento por uno de este tiempo en casas, hermanos, hermanas, madre e hijos y campos, con persecuciones, y la vida eterna en el sigo venidero (Marcos 10:30). Es la promesa de Jesús: El ciento por uno en esta vida, ¡con persecuciones y todo!, y después la vida eterna… el "ciento por uno" que, en términos bancarios es el 10,000%, calcúlelo!

Así lo entendieron Santiago y Juan, y ellos, dejando luego la barca y a su padre, le siguieron (Mateo 4:22). Así lo entendieron San Francisco y San Ignacio de Loyola y Santo Domingo, y más de 500,000 sacerdotes que viven hoy día, que renunciaron a su esposa que pudieran tener, y los hijos que hubieran podido engendrar, y siguieron a Jesús. Y así lo entendieron Santa Teresa y Santa Margarita y más de un millón de mujeres monjas que viven hoy día, que renunciaron a tener esposo, hijos y dinero, "a todo", y están siguiendo a Jesús. Ellos y ellas froman, sin duda alguna, la corona más linda de la Iglesia de Cristo.

    La tercera: Esto no es todo, hay todavía mucho más. Creer en Jesús y confiarse en él lo mismo que un niño de tres años cree y confía en sus padres. Si no os convertís y volvéis como niños, no podréis entrar en el reino de los cielos (Mateo 18:3).

El niño se confía enteramente en sus padres, no se le ocurre ni pensar en qué va a comer mañana, o con qué va a vestir, o de dónde va a sacar el dinero para sus juguetes… Lo mismo nos quiere Jesús, como niños, que confiemos en su Providencia, en sus planes maravillosos para con nosotros. En el centro del Sermón de la Montaña nos puso el ejemplo de las aves del cielo que no siembran, ni siegan, y el ejemplo de los lirios del campo, que no hilan ni se fatigan, y nos termina enseñando: No os inquietéis por el mañana, porque el día de mañana y tendrá sus propias inquietudes, bástale a cada día su afán. (Mateo 6:25-34).

Tenemos que aprender de los niños y de los lirios de campo y de las aves. Tenemos que confiarnos enteramente en lo que planee el Señor. Pero nosotros no acabamos de aprender; decimos que planeamos, que hay que ser precavidos, que hay que programar… decimos palabras muy bonitas, pero que no hace más que esconder nuestra falta de fe en Jesús.

Nos fiamos de nuestros planes y talentos, no de los planes de Jesús. Hasta cuando rezamos el Padrenuestro nos engañamos en el corazón. Decimos con la boca "El pan nuestro de cada día dánosle hoy", pero con el corazón sabemos que por el pan de hoy Jesús no se tiene que preocupar, porque lo tenemos asegurado con los cinco dólares que tenemos en el bolsillo. Y por el pan de mañana, tempoco se tiene que preocupar Jesús, porque lo tenemos asegurado con el dinero guardado en la casa, y por el pan de la ancianidad tampoco se tiene que preocupar Jesús, porque ya lo tenemos asegurado con el dinero del banco, o con nuestro seguro social, o cualquier clase de seguros, menos Jesús.

En esto fallamos todos: el sacerdote que necesita dinero para la escuela, no lo espera de la previsión del Señor, y por eso se pone a organizar bingos y bailes, y a tener mil dolores de cabeza, porque es él quien planea, no se fía en el Señor.

Lo mismo sucede con el ministro que tiene un programa religioso en la radio o televisión… no espera en el Señor, sino en sus habilidades para sacar dinero, y termina convirtiéndolo en un negocio personal, no en una obra de fe en el Señor.

Todo esto se llama orgullo, falta de fe, hacer las cosas con fe en mí mismo, pero sin fe en Jesús. San Pablo nos dice que esto es pecado: Todo lo que no viene de la fe es pecado (Romanos 14:23).

Por esta falta de fe es que no vemos en las noticias tempestades que se calman, ni muertos que resucitan. Pero no sólo mostramos la falta de fe con nuestro orgullo, confiando en nuestras previsiones, en vez de confiar en el Señor, sino también en nuestra soberbia, que es hacer lo que yo creo que debo hacer, en vez de hacer lo que Dios me manda, en vez de hacer la voluntad de Dios.

Lo mismo que Adán y Eva, que sabían que no tenían que comer aquella manzana, porque Dios se lo había prohibido. Nosotros nos comemos nuestra manzana, la que sabemos que Dios nos tiene prohibida.

    La cuarta: Otro aspecto importante de la fe en Jesús, es que tenemos que creer lo que dice, tal como lo dice y promete, y esperar recibir lo que promete. Esta es la definición que nos da San Pablo de la fe: Fe es tener la completa seguridad de recibir lo que esperamos y estar convencidos de que algo que no vemos es la realidad (Hebreos 11:1).

Tenemos que actuar con Dios como actuamos con nuestros padres. Si yo le prometo a mi hijo una bicicleta si aprueba los exámenes, cuando mi hijo apruebe los exámenes me va a venir a pedir la bicicleta, porque se la prometí. No va a venir pidiéndome una guitarra o un piano, ni va a venir diciéndome: "Padre, si es tu vouluntad, dame una bicicleta", sino que va a venir diciéndome: "Papá, aprobé los exámenes, ¿dónde está mi bicicleta?" Porque ya sabe que es mi voluntad, que yo se lo prometí.

Lo mismo pasa con Dios. Si ofrece algo, ésa es su voluntad si cumplimos las condiciones. Él promete darnos todo si lo pedimos con fe, pues lo que tenemos que hacer es pedirlo con fe, y esperar con seguridad que nos lo va a dar a su debido tiempo. Si no nos lo da, quizás sea porque no cumplimos la condición. La condición de mi hijo para tener la bicicleta es que tenía que aprobar los exámenes; la condición que nos pone Dios para darnos todo lo que le pidamos es que tengamos fe en Jesús.

En verdad, en verdad os digo que el cree en mí, ese hará también las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas… todo lo que pidiereis en mi nombre, esó haré (Juan 14:12-13). Todo cuanto pidáis con fe en la oración, se os dará (Mateo 21:22). Todo cuanto orando pidiereis, creed que lo recibiréis y se os dará.

    Un pensamiento final: Quizá alguno piense que la vida de fe es holgazanería, porque todo es confiarse en el Señor, y ésta sería una gran equivocación. La vida de fe es vivir y actuar la maravillosa aventura de hacer lo que Dios nos tiene planeado, ese programa maravilloso que el Señor tiene ideado para ti.

Es usar cada minuto del día la inteligencia y la voluntad, y los brazos y el corazón para cumplir la voluntad de Dios, sin miedos a nada ni a nadie, sin dolores de cabeza, cantando todo el día las glorias de Dios, con la palabra, con la acción y con la vida. Es sentirse victoriosos en Cristo en todo, en los éxitos y en los aparentes fracasos, en los gozos y en las tribulaciones de la vida… es sentirse a cada paso "Hijo de Dios". No hijo de un rey, o del presidente de la nación, sino "¡Hijo de Dios!", con la cabeza bien alta siempre, sin envidia de nadie, porque nadie pude ser más que "Hijo de Dios".

Vivir la vida de fe es algo bien activo, es mudarse de fe en fe y transformarse cada día de gloria en gloria bajo la acción del Espíritu Santo… Es morirse cada día un poco más a sí mismo, y convertirse cada día un poco más en Cristo, hasta poder gritar con San Pablo: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gálatas 2:20)… y tener el amor de Jesús, y el gozo de Jesús, y la Verdad y la Vida de Jesús, y el poder de Jesús hecho realidad en esta vida, pudiendo clamar con San Pablo: Todo lo puedo en Jesús que me conforta (Filipenses 4:13).

Vivir la vida de fe es renunciar a todo, para hacer y entregarse confiadamente en las maravillas que el Señor nos tenga encomendadas y bien planeadas. Cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo. "Renunciar a todo", dice taxativamente el Señor en Lucas 14:33, a dinero, a poder, a honra, a bienes materiales, a todo. Y entonces, cuando nos quedamos sin nada nuestro, entonces, y sólo entonces, es cuando tendremos a Jesús en nosotros, y con él lo tendremos todo sin pretenderlo y sin cansarnos.

El que halla su vida la perderá, y el que la perdiere por amor a mí, la hallará, nos dice el Señor en Mateo 10:39, y lo repite en 16:25. Y en Lucas 9:24: Porque quien quisiere salvar su vida, la perderá, pero quien perdiere su vida por amor a mí, la salvará. Y lo mismo repite en Lucas 17:33 y en Marcos 8:35.

Eso es vivir la vida de fe, y eso es ser cristiano: Dejar de vivir nuestra miseria, nuestra debilidad, para vivir en la humildad y en la verdad, vivir en Dios y para Dios, que nuestro cuerpo sea ofrecimento de Hostia santa y pura y limpia, con los resplandores del señor, felices en Belén y en el Calvario, gozosos en el desierto y en el Tabor, viviendo en esta vida una anticipación de la gloria del cielo, porque el reino de Dios está dentro de vosotros mismos (Lucas 17:21).

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